domingo, 17 de junio de 2012

EL ESPIRITU OLIMPICO

En la próxima ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos de Beijing, el 8 de agosto, un miembro del equipo chino prestará juramento, en nombre de los 12.000 atletas participantes, de respetar las reglas de los Juegos “con un verdadero espíritu deportivo”.

Por desgracia, algunos competidores ignoraron estos altos principios en el pasado y se valieron de drogas, trampas y tácticas para ganar cualquier precio. “Unas pocas manzanas podridas arruinan todo el espectáculo”, dice John Lucas, historiador de los Juegos. “Es fácil olvidar que hay muchos más atletas nobles y patrióticos que sin escrúpulos y tramposos”.

Desde que comenzaron los juegos modernos, en 1896, ha habido, sin duda, cientos de nobles actos de espíritu deportivo (a menudo pasados por alto) que encarnan el ideal olímpico. Éstos son sólo diez de los mejores.

Una segunda oportunidad 
Cecil Healy (Estocolmo, 1912)

Cecil Healy, uno de los primeros grandes nadadores olímpicos australianos, se encontró ante un triunfo seguro en la carrera de 100 metros libres cuando el poderoso equipo estadounidense llegó tarde a una prueba. Como los nadadores lo atribuyeron a un malentendido y pidieron otra oportunidad, el asunto se sometió a deliberaciones.

Healy le pidió al representante de su equipo en el jurado que apoyara la solicitud de los estadounidenses, y al final se decidió que podrían competir en una semifinal especial. Duke Kahanamoku, el gran nadador hawaiano, obtuvo un puesto en las finales y venció a Healy por dos metros, llevándose la medalla de oro. Cuando terminó la carrera, la multitud le dedicó una gran ovación al australiano.

La carrera de Healy como nadador se interrumpió en la Primera Guerra Mundial. Murió en batalla en 1918.

Una mano amiga 
Lucien Duquesne (Ámsterdam, 1928)

Paavo Nurmi, el legendario corredor de fondo finlandés, solía usar un cronómetro en las competiciones para administrar su energía. Durante una carrera de obstáculos eliminatoria de 3.000 metros, Nurmi se cayó en un foso y perdió el aparato.

El francés Lucien Duquesne se detuvo, levantó a su rival y lo ayudó a encontrar el cronómetro.

Nurmi, en lugar de adelantarse, corrió el resto de la carrera junto a Duquesne. En la línea de meta le ofreció al francés el primer lugar, pero éste no lo aceptó.

Buen perder 
Ralph Hill (Los Ángeles, 1932)

En una de las carreras más controvertidas de la historia olímpica, Ralph Hill, de Estados Unidos, pasó del último lugar en los 5.000 metros a desafiar al líder, el finlandés Lauri Lehtinen, que tenía el récord mundial. Con 50.000 espectadores ovacionándolo, Hill trató dos veces de pasar a Lehtinen, pero el finlandés le bloqueó el camino y ganó la carrera por centímetros.

Aunque era evidente que se trataba de una falta, Hill no quiso presentar una protesta formal.

Dijo que no podía creer que Lehtinen lo hubiera hecho con intención. “Además, ¿qué tiene de malo una medalla de plata?”, comentó a New York Times.

Su actitud se conoció en el mundo entero y el periódico sueco Dagens Nyheter lo llamó “el héroe de los niños y las niñas interesados en el atletismo”.

Por amor a un caballo 
Shunzo Kido (Los Ángeles, 1932)

Shunzo Kido, miembro del equipo ecuestre japonés, iba a la cabeza en la carrera de obstáculos cuando notó que su caballo, Kyu Gun, estaba cansado y comenzaba a flaquear. Preocupado por él, Kido se retiró de la carrera.

Dos años más tarde, una sociedad humanitaria de California erigió una placa en Riverside para condecorar su acción. Al proteger a su caballo, dice la placa, “escuchó la suave voz de la clemencia, en lugar de la fuerte llamada de la gloria”.

El espíritu de la fraternidad 
Luz Long (Berlín, 1936)

Adolph Hitler veía las Olimpiadas de Berlín como un escaparate de la superioridad de la llamada raza aria. A pesar de que les prohibió a los atletas alemanes que confraternizaran con los competidores negros, uno de ellos lo hizo.

Jesse Owens, el estupendo atleta negro estadounidense, había fallado en sus dos primeros intentos en una ronda preliminar de salto de longitud. Si fallaba el tercero, sería descalificado.

Owens contó más tarde que el atleta alemán Carl Ludwig “Luz” Long se acercó a él y le aconsejó que comenzara su salto varios centímetros antes; aunque el salto sería más corto, el joven podría pasar a la ronda final.

Owens tomó en cuenta el consejo, se calificó para la final y ganó la medalla de oro (junto con otros tres atletas). Después dijo: “Podrías fundir todas mis copas y medallas y no tendrías ni una pizca de la amistad de 24 quilates que siento por Luz Long”.

Long murió durante la Segunda Guerra Mundial. Se le concedió póstumamente la Medalla Pierre de Coubertin, concedida al espíritu deportivo en honor del fundador de las Olimpiadas modernas.

Un héroe por partida doble 
Eugenio Monti (Innsbruck, Austria, 1964

En dos pruebas diferentes, Eugenio Monti, líder del equipo italiano de trineo, vio que descalificaban a sus rivales por fallos mecánicos. Aunque la mala suerte de los atletas aumentaba las posibilidades de los italianos de llevarse el oro, Monti y sus compañeros no querían ganar a menos que vencieran al mejor.

En la competición a dos, Monti supo que al equipo británico se le había roto un perno del trineo y que tendría que retirarse. Como él ya había terminado su carrera, sacó uno de su propio trineo y se lo envió a los británicos. Al final, éstos ganaron el oro, y Monti y su equipo quedaron en tercer lugar.

Más adelante, en la primera prueba a cuatro, el equipo canadiense estableció un nuevo récord olímpico. Aun así, como su trineo había perdido un eje, era posible que fuera descalificado. Monti y su equipo salieron al rescate: les enviaron mecánicos italianos que repararon el trineo a tiempo para la siguiente prueba. Los canadienses ganaron la medalla de oro y, una vez más, Monti y su equipo tuvieron que conformarse con la de bronce.

Gloria compartida 
Lanny Bassham (Montreal, 1976)

En la prueba de tiro con rifle de bajo calibre de la tercera posición, Bassham y otra estadounidense, Margaret Murdock, empataron en el primer lugar. Después de un meticuloso análisis de las dianas de ambos tiradores, los jueces decidieron que Bassham había sido ligeramente mejor y le concedieron el oro.

Bassham, que pensó que la decisión de los jueces se había basado en un tecnicismo absurdo, subió a Murdock a la plataforma del oro durante la ceremonia de entrega de premios y la abrazó mientras escuchaban el himno nacional. Oficialmente Murdock ganó el segundo lugar y se convirtió en la primera mujer en recibir una medalla olímpica en este deporte.

Un acto con clase 
Anton Josipovic (Los Ángeles, 1984)

En la semifinal de boxeo de peso pesado ligero, el estadounidense Evander Holyfield noqueó a Kevin Barry, de Nueva Zelanda. Holyfield era el favorito en la pelea contra el yugoslavo Anton Josipovic, hasta que el árbitro lo descalificó por cometer una falta.

Barry fue declarado ganador, pero como las reglas olímpicas impiden pelear 28 días después de haber sido noqueado, Anton Josipovic ganó la medalla de oro por incomparecencia.

Desoyendo las llamadas de funcionarios estadounidenses a boicotear la ceremonia, Holyfield se presentó para recibir su medalla de bronce.

Los aficionados de Holyfield abuchearon el himno yugoslavo, pero cuando Josipovic invitó al estadounidense a subir con él a la plataforma, los espectadores le ovacionaron de pie.

Años más tarde, Holyfield, quien se había convertido en boxeador profesional, comentó: “He boxeado desde que era niño. Lo que hizo Josipovic fue lo más elegante que he visto en mi vida”.

Al rescate 
Larry Lemieux (Seoul, 1988)

Durante una carrera en la competición de vela individual Finn Class, el canadiense Larry Lemieux iba en segundo lugar cuando vio que el competidor de otra carrera, Joseph Chan, de Singapur, había sido lanzado de su velero: el pequeño barco había volcado y Chan estaba en peligro de ahogarse en las turbulentas aguas.

Sacrificando sus posibilidades de ganar una medalla, Lemieux cambió de rumbo y llevó a Chan hasta su velero. Él y su equipo fueron recogidos por un barco de rescate.

Oficialmente, Lemieux quedó en undécimo lugar, pero el presidente del Comité Olímpico Internacional, Juan Antonio Samaranch, le otorgó más tarde la Medalla Pierre de Coubertin al Espíritu Deportivo.

Un héroe poco común 
Bjoernar Haakensmoen (Turín, Italia, 2006)

La canadiense Sara Renner guiaba a su equipo en la agotadora carrera de esquí de fondo cuando se rompió su bastón izquierdo. Siguió adelante, pero en una pronunciada cuesta la adelantaron varios atletas.

Entonces ocurrió algo asombroso: un hombre se acercó a la pista y le dio otro bastón. Renner regresó a la carrera y recuperó un poco del tiempo perdido. Canadá ganó la medalla de plata.

Al final de la carrera, Renner conoció la identidad de su benefactor: Bjoernar Haakensmoen, entrenador del equipo noruego, que llegó en cuarto lugar.

En Canadá, Haakensmoen se convirtió en un héroe. Un periódico de Montreal publicó un inmenso titular de una sola palabra: “TAKK”, que en noruego quiere decir gracias.

Haakensmoen no comprendía toda esa atención. “Tratamos de respetar el espíritu olímpico”, le dijo a un periódico. “Si no ayudas a alguien cuando debes hacerlo, ¿qué tipo de victoria obtienes?”.

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